Nuestra izquierda sigue encajonada en sus viejos dogmas… no le queda más remedio que igualar por lo bajo

CARRASCAL, José María, “Igualdad”, ABC, 28/02/2014.

«La igualdad viene siendo una de las banderas de la izquierda desde la Revolución Francesa. Y uno de sus mayores timos.»

«Que todos somos iguales ante la ley es un imperativo categórico de toda sociedad civilizada. Que todos somos diferentes es un imperativo democrático, basado en la libertad de ser uno mismo. Derecho violado por los totalitarismos, empeñados en ahormar a sus súbditos según los designios de sus dirigentes. Lo que conduce al inmovilismo.»

«La igualdad tiene que ser ante la ley y ante las oportunidades. Oportunidades que el Estado debe ofrecer a todos sus ciudadanos… Unos la aprovechan; otros, no. Pero luego, si el Estado se empeña en que todos lleguen al mismo punto, no le quedará más remedio que igualar por lo bajo, no por lo alto, y el estancamiento será inevitable.»

«El hombre ha dado pasos gigantescos en solo unos cuantos miles. Gracias precisamente a que hay individuos –la mayoría salidos de las clases sociales más bajas– con la imaginación, laboriosidad, empeño y osadía para romper los moldes existentes y tirar de todos los demás. Algunos de ellos llegan a millonarios. Otros pierden lo poco o mucho que tenían. Pero sin ellos la Humanidad no habría avanzado como lo ha hecho.»

Logo IU 250 RESbaja«Es algo que la izquierda de los países más desarrollados ha entendido y les permite seguir en cabeza del progreso humano. Pero nuestra izquierda sigue encajonada en sus viejos dogmas y oponiéndose al cambio, como pudimos comprobar en el Debate del estado de la Nación. Nada más antimoderno que su discurso, nada más rancio que sus propuestas. Del discurso nacionalista mejor no hablar. Por ellos, estaríamos aún en las ramas de los árboles.»

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«LA palabra más usada por la oposición en el último Debate del estado de la Nación fue «igualdad». O. para ser exactos, «desigualdad», que, según ellos, ha crecido en España bajo el Gobierno de Rajoy, a quien Cayo Lara acusó de «gobernar para las élites». Supongo que no se refería a las élites de los países comunistas –la famosa nomenklatura soviética–, que goza de vivienda, casa de campo, escuelas, tiendas e incluso dinero especial, con el que comprar artículos inaccesibles al hombre de la calle. ¡Esa sí que es desigualdad, y no la del execrable capitalismo, donde los millonarios manejan los mismos billetes que los obreros!

Pero volvamos a la idea inicial. La igualdad viene siendo una de las banderas de la izquierda desde la Revolución Francesa. Y uno de sus mayores timos. Que todos somos iguales ante la ley es un imperativo categórico de toda sociedad civilizada. Que todos somos diferentes es un imperativo democrático, basado en la libertad de ser uno mismo. Derecho violado por los totalitarismos, empeñados en ahormar a sus súbditos según los designios de sus dirigentes. Lo que conduce al inmovilismo. Somos herederos de Atenas, mientras que Esparta solo sirve para hacer películas, y ni siquiera buenas.
La igualdad tiene que ser ante la ley y ante las oportunidades. Oportunidades que el Estado debe ofrecer a todos sus ciudadanos, comenzando por una educación completa, moderna, accesible, fundamento de la riqueza no solo de los individuos, sino también de las naciones. Unos la aprovechan; otros, no. Pero luego, si el Estado se empeña en que todos lleguen al mismo punto, no le quedará más remedio que igualar por lo bajo, no por lo alto, y el estancamiento será inevitable. Esto, que puede parecer «darwinismo social», es justo lo contrario. El darwinismo condena a las especies a adaptarse al medio en que nacen, con lo que la evolución se detiene, llegando en algunos casos, como el de las abejas, a un grado de equilibrio que linda en lo perfecto, pero sin avanzar. Las abejas vienen haciendo lo mismo desde hace millones de años. Mientras que el hombre ha dado pasos gigantescos en solo unos cuantos miles. Gracias precisamente a que hay individuos –la mayoría salidos de las clases sociales más bajas– con la imaginación, laboriosidad, empeño y osadía para romper los moldes existentes y tirar de todos los demás. Algunos de ellos llegan a millonarios. Otros pierden lo poco o mucho que tenían. Pero sin ellos la Humanidad no habría avanzado como lo ha hecho ni sería realmente Humanidad. Sería solo naturaleza.
Es algo que la izquierda de los países más desarrollados ha entendido y les permite seguir en cabeza del progreso humano. Pero nuestra izquierda sigue encajonada en sus viejos dogmas y oponiéndose al cambio, como pudimos comprobar en el Debate del estado de la Nación. Nada más antimoderno que su discurso, nada más rancio que sus propuestas. Del discurso nacionalista mejor no hablar. Por ellos, estaríamos aún en las ramas de los árboles.»
Enlaces: http://www.abc.es/historico-opinion/index.asp?ff=20140228&idn=1612048286513